viernes, 20 de agosto de 2010

Cultura y política en Colombia

domingo, 15 de agosto de 2010

Gente para mandar

Gente para mandar
Por: Mauricio García Villegas
SIEMPRE ME HA SORPRENDIDO LO mucho que se amañan los europeos en este trópico frío que es Bogotá.
A diferencia de sus ciudades de origen, aquí los extranjeros encuentran un tráfico caótico, gente que no cumple las citas, una burocracia estatal de pesadilla y, como si fuera poco, una especie de primavera lluviosa y eterna, más gris que en Bruselas y sin esperanza de verano. ¿Qué es entonces lo que tanto les gusta? Son quizás muchas cosas, pero creo que hay una más importante que todas y es la abundancia que aquí tienen de servicio doméstico: cocineras, lavanderas, choferes y jardineros cuidan de sus casas, de sus apartamentos y de ellos mismos, como si fueran nobles, esos mismos que hace tiempo se extinguieron en sus tierras natales.
Y así es, aquí viven casi como nobles, que es como viven los ricos de Colombia.
La enorme distancia entre pobres y ricos ha alimentado el espíritu nobiliario de las élites locales y su convicción de que cuando pagan a los humildes por sus servicios, están haciendo un acto de caridad, más que cumpliendo con una obligación legal. Ante la oferta casi incondicional de fuerza de trabajo —de pobres—, los ricos se sienten superiores.
El gran privilegio de la nobleza era el ocio. En contra del castigo divino que ordenaba ganar el pan con el sudor de la frente, los nobles ni trabajaban, ni sudaban. Por eso fueron destronados por la burguesía y terminaron orgullosos y arruinados. Pero esa burguesía llegó muy tarde a España y no caló del todo. De ahí viene quizás esa reputación de perezosos que tienen los españoles.
Pero si allá llegó tarde, aquí no llegó, o llegó a cuentagotas y muchas veces de manera distorsionada. Ni la burguesía antioqueña, que se dice tan trabajadora, es fiel reproductora de los valores burgueses. Los industriales de Medellín sólo se sienten realizados el fin de semana cuando se van para la finca y le patronean al mayordomo. Lo mismo les pasa a los ganaderos antioqueños e incluso a los políticos y a los comerciantes —que también son ganaderos— cuando se van para la finca el viernes por la tarde. Allí, después del ajetreo semanal y en medio de la servidumbre, se sienten, por fin, en lo suyo.
Pero ni siquiera los intelectuales o los académicos colombianos, que se supone son los más adaptados al mundo moderno, los más universales, los más globalizados, los más liberales, logran soslayar ese rezago nobiliario de la servidumbre. Nuestras universidades están llenas de secretarias, mensajeros y señoras que sirven tintos, hacen mandados o sacan fotocopias. Qué contraste con las universidades gringas o europeas, en donde los profesores hacen todo eso sin ayuda de nadie y en cumplimiento estricto del principio “do it yourself”.
Pero la causa de nuestro gusto nobiliario por la servidumbre no es la pereza, como quizás tampoco lo es en el caso español. Es más bien nuestro gusto por gobernar, por mandar y por tener poder. Es verdad que a todo el mundo le gusta tener poder, pero a nosotros nos gusta, sobre todo, aquel poder que consiste en tener gente al lado que nos obedezca. Mientras los burgueses quieren ser poderosos haciéndose ricos, nosotros queremos ser poderosos dando órdenes.
Por eso a los extranjeros les encanta Colombia, porque pueden ser poderosos de las dos maneras.

El individualismo majadero

Individualismo majadero

Mauricio García Villegas
Publicado en: El Espectador, Septiembre 11 de 2009

HACE MUCHOS AÑOS, EN MEDELLÍN, había un letrero en el puente de la calle 33 que decía “Si esto no es progreso, ¿entonces qué es?”.

Con el paso de los años el letrero se fue borrando, pero la idea de que el país sólo se desarrolla vaciándole cemento armado encima sigue casi intacta entre nosotros. Desde luego que las obras públicas son importantes. Si tuviéramos mejores carreteras, mejores puertos y más acueductos estaríamos más cerca del desarrollo. Pero la infraestructura física, si bien es indispensable, no lo es todo. Más aún, pensar que eso es lo único, es también parte del problema. El subdesarrollo también es mental, cultural.

El atraso cultural tiene muchas facetas. La falta de investigación científica, el bajo porcentaje de personas que lee periódicos, la ausencia de doctores (de los de verdad) y la falta de bibliotecas públicas son algunas de ellas. Pero hay algo tal vez más importante que todo lo anterior, aunque menos palpable y más difícil de conseguir. Me refiero a la capacidad para actuar colectivamente, como sociedad. Nadie lo ha dicho tan claramente como el profesor Yu Takeuchi, un japonés que vivió en Colombia por más de 50 años. Cuando le preguntaron cuál era la principal diferencia entre los japoneses y los colombianos, su respuesta fue esta: “Pues mire —dijo—, un colombiano es más inteligente que un japonés, pero dos japoneses son más inteligentes que dos colombianos”. La explicación de Takeuchi supone que un país es algo más, mucho más, que los individuos que lo componen. Un país es también, y sobre todo, un alma social, o como dicen ahora, una identidad colectiva. Es en eso que estamos muy mal.

En Colombia hay muchos individuos pero muy poca sociedad. Tenemos personajes sobresalientes —no muchos, la verdad— pero casi no tenemos empresas colectivas destacadas. Ni siquiera en el fútbol somos capaces de armar un conjunto que valga la pena. Menos en política. El presidente Uribe cuenta con grandes mayorías en el Congreso y en la sociedad, pero no es capaz de gobernar sin ofrecer notarías, subsidios y puestos para que voten por él. Somos buenos patriotas pero malos ciudadanos. Nos sublevamos cuando Chávez habla mal de Colombia pero somos incapaces de crear un partido político serio. Hacemos puentes sobre los ríos —tampoco muchos, la verdad— pero somos incapaces de acabar con la corrupción que acompaña los procesos de licitación para las obras públicas.

Nuestro espíritu gregario se concentra en la familia y en las amistades. Más allá de estos entornos privados, lo social es una competencia, un mundo dominado por la desconfianza y la trastada.

Muchos colombianos que viven en el exterior se quejan del individualismo de los europeos o de los estadounidenses. Es cierto que allí la familia y los amigos tienen menor importancia que entre nosotros, pero su individualismo está fundado en el respeto de reglas comunes y en la defensa de los intereses tanto privados como colectivos. El nuestro, en cambio, es un individualismo indómito que descree no sólo de los demás sino de lo público. Aquí cada colombiano es un Estado soberano.

Pero el individualismo criollo no sólo es salvaje y asocial, sino también majadero: al preferir la estrategia del vivo, todos terminamos bloqueándonos los unos a los otros, como en el tráfico o en la fila, y por eso terminamos peor —llegando más tarde— que si hubiésemos pensado como ciudadanos. ¿Si eso no es atraso, entonces qué es?

La demo- plutocracia

La demo-plutocracia

Mauricio García Villegas
Publicado en: El Espectador, Noviembre 21 de 2009

ABRAHAM LINCOLN DECÍA QUE LA democracia era el gobierno del pueblo y para el pueblo. Con esa definición Lincoln quería tomar distancia de la plutocracia, que es el gobierno de los ricos para los ricos.

Pues bien, en Colombia uno tiene la impresión de que existe una combinación de estos dos sistemas: un gobierno del pueblo, pero para los ricos. Algo así como una demo-plutocracia: el Gobierno recibe el apoyo abrumador de los más pobres, pero trabaja para defender los intereses de los más ricos. Lo digo en términos más concretos: el Presidente otorga fabulosas exenciones tributarias a los empresarios, a los banqueros, a los exportadores y a los dueños de zonas francas (8 mil millones en 2009) pero nada de eso impide que la favorabilidad del Presidente en los estratos 1 y 2 alcance el 80% (en los estratos 5 y 6 sólo llega al 50%).

En ninguna parte del país la demo-plutocracia tiene tanta fuerza como en el campo. Las experiencias de Agro Ingreso Seguro y de la hacienda Carimagua son expresiones elocuentes de una política económica cuyo fundamento es el siguiente: si los ricos se vuelven más ricos, algún día arrastrarán, en su apogeo, a los pobres y los sacarán de la miseria. Pero como lo demostró la crisis reciente de la economía mundial, esa teoría ni siquiera funciona en contextos de mercado libre, es decir de competencia plena. Cuando se aplica al campo colombiano, no sólo no tiene éxito, sino que se vuelve contraproducente: en lugar de arrastrar a los pobres, los confina en la pobreza (los desplaza).

Si estuviéramos hablando de otra cosa, por ejemplo de la industria o del comercio, la demo-plutocracia no sería tan chocante. Pero estamos hablando del campo colombiano, un territorio dominado por una oligarquía terrateniente que ha bloqueado todos los intentos de modernización durante siete décadas. Estamos hablando de los campesinos colombianos, cuatro millones de los cuales han sido despojados de sus tierras y desplazados hacia las ciudades.

Una cosa es entregar subsidios a, digamos, los campesinos de Wisconsin para que produzcan más leche y más quesos, en un Estado en donde la miseria fue erradicada hace casi un siglo y otra muy diferente es darles dinero a los latifundistas de la Costa Atlántica colombiana para que extiendan sistemas de riego, cuando la mitad de los campesinos de esa Costa no recibe agua potable en sus casas (casi diez millones de personas, la mayoría de ellos campesinos, carecen de servicio de acueducto en Colombia).

Una cosa es repartir subsidios en, digamos, Bélgica, donde los campesinos son los dueños de la tierra y viven, como campesinos, de su trabajo agrícola, y otra muy diferente es repartir subsidios a los finqueros colombianos que, por lo general, son médicos, abogados y políticos de profesión.

Alguien me podría decir que el abrumador apoyo popular que recibe esta política demo-plutocrática es suficiente para justificarla. No lo creo. Incluso suponiendo que en la ejecución de esos programas no hubiese habido problemas de corrupción, ni de clientelismo ilegal —que los hubo y a chorros— esa política me parece indigna y descarada.

Si el presidente Uribe estimaba hace algunos meses que el Estado de opinión es la fase superior del Estado de Derecho, me pregunto si hoy en día no estará pensando que la demo-plutocracia es la fase superior del Estado de opinión.

Los países y las mariposas

Los países y las mariposas
Por: Mauricio García Villegas
CUANDO UN NIÑO PREGUNTA CUÁNtos años vive un caballo, algunos viejos en Antioquia todavía responden esto: vea mijo, una gallina dura tres años, un perro tres gallinas, un caballo tres perros y una persona tres caballos; haga la cuenta. Me acordé de esa explicación el pasado fin de semana cuando se celebraba el Bicentenario. ¿Y cuánto vive un país?
Es difícil saberlo, pero lo que sí se sabe es que éstos se parecen más a las mariposas que a los caballos: no son efímeros como aquellas, pero su vida está marcada por la metamorfosis. Colombia ha pasado por dos estados: el de la colonia, su crisálida, que duró trescientos años, y el de la república, voladora, que lleva doscientos.
El contraste actual entre los Estados Unidos y América Latina se explica, en buena parte, por lo que fueron en su estado colonial. La colonia española fue más poderosa, más rica y duró más tiempo que la inglesa. A mediados del siglo XVII la participación en el mercado mundial de La Española (hoy Haití y Dominicana) era muy superior al de las trece colonias inglesas. España tenía 19 universidades en América, mientras que Inglaterra sólo tenía dos. Las iglesias, tapizadas en oro, y la grandeza arquitectónica de ciudades coloniales como Lima y México, no tenían parangón en Nueva Inglaterra o en Virginia.
Con la independencia, la relación de fuerzas se invirtió. Si en 1800 México producía algo así como la mitad de los bienes y servicios de los Estados Unidos, setenta años más tarde esa cifra había descendido al 2 %. Peor aún, en el norte del continente se creó un país enorme y poderoso, mientras en el sur las guerras civiles y la inestabilidad política duraron casi un siglo.
Son muchas las causas que explican esta inversión de destinos, pero quizás la más importante sea esta: España impuso en sus colonias un modelo de sociedad y un estilo de vida que, en el balance general del mundo colonial, estaba destinado a desaparecer. El descubrimiento de América, con su oro y sus indios, le permitió a España prolongar, durante casi tres siglos, un estilo de vida feudal, caballeresco, piadoso y épico, que estaba muriendo en el resto de Europa.
Las colonias inglesas, en cambio, no tuvieron la grandeza y el poder de las españolas, pero se montaron desde el inicio en el tren rápido de la historia: el del liberalismo, el de la competencia económica, la democracia y la defensa de los derechos individuales. Cuando las trece colonias declararon su independencia de Inglaterra, tenían acumulada una enorme experiencia de autogobierno, tolerancia y libertad que no existía en las colonias hispánicas. Boston no tenía la riqueza ni el boato de, por ejemplo, Popayán, pero estaba cultural y políticamente mucho mejor preparada para enfrentar los tiempos modernos que vinieron con la independencia.
Llevamos doscientos años apegados a los ritos y a las pompas de la vida republicana, pero los fantasmas del mundo colonial todavía nos persiguen: el latifundio, la concepción autoritaria del poder, la desigualdad social, la omnipresencia de la religión y el desprecio por los bienes públicos, todo esto hace parte de una etapa colonial que no hemos podido superar.
Así, pues, Colombia parece una nación joven e inmadura. Esto puede ser un augurio del futuro largo y próspero que nos espera, pero también es una advertencia de que si no abandonamos esa crisálida épica y poderosa que nos aprisiona, nunca lograremos levantar el vuelo.
*Profesor de la Universidad Nacional e investigador de Dejusticia.

viernes, 16 de julio de 2010

Frente a nuestra cultura de la violencia

Frente a nuestra cultura de la violencia: un desafío ético inaplazable
Carlos Zorro Sánchez*
El enemigo no es el guerrillero, ni el paramililitar, ni el narcotraficante. El enemigo es la violencia. Mas Convivir no significan más convivencia, más armas no significan más seguridad, más represión no significa más orden.
Un testimonio demoledor
No ha debido pasar desapercibida la entrevista al ex paramilitar Luis Adrián Palacio en El Espectador, donde reconoce que matar se convierte en un vicio como cualquier otro, donde confiesa que “…si pasaban varios días sin asesinar a alguien a uno como que le hacía falta“[1].
Esas palabras no pueden tomarse como una noticia más entre tantas que apenas suscitan un movimiento de cabeza y un suspiro de desaprobación que se transforma en gesto de complacencia ante la fotografía de la nueva “vedette” del espectáculo, cuya sonrisa impresa al respaldo de una confesión de esa naturaleza basta para tranquilizarnos. Tal como vamos, en muy poco tiempo ni las “divas” ni los millones de la “Seguridad Democrática” bastarán para protegernos de alguien que no ha satisfecho su dosis personal de violencia.
Nuestra historia violenta
Lo dicho por el señor Palacio exige una nueva reflexión sobre este impulso hacia la destrucción de vidas humanas que, presente a todo lo largo de nuestra historia, lejos de debilitarse creció de manera incesante o casi a todo lo largo de la segunda mitad del siglo XX. No se trata de desconocer aquí la declinación de las tasas de homicidios que con altibajos se observa a partir de 1992 y que sin embargo muestran hoy niveles que duplican los que se registraban hacia mediados del siglo pasado, en uno de los períodos álgidos de “La Violencia”[2] - ver el Cuadro 1-. Tampoco se trata de afirmar que todos los colombianos somos violentos, ni de desconocer que los altos niveles de homicidio se deben principalmente a la acción de grupos reducidos, casi siempre vinculados directa o indirectamente con las mafias del narcotráfico.
La banalización de la muerte
Se trata de insistir sobre un hecho subrayado ya en diferentes estudios: décadas marcadas por altos índices de violencia poco a poco nos han inoculado una cultura donde la vida humana resulta un bien “desechable“. Matar a otro -y ya no sólo porque nos perjudique, nos incomode o piense distinto de nosotros- sino, cosa aterradora, porque ha adquirido en nuestro medio un nuevo “estatus” como oportunidad de negocios, servicio mercadeable o peldaño para obtener reconocimientos, recompensas y ascensos, se ha venido convirtiendo -por cotidiano, por repetitivo- en algo banal, en un hecho más que poco interesa al ciudadano del común. En algo que en las páginas de los periódicos es relegado a un plano secundario por el resultado del último partido de fútbol, las declaraciones sobre los gustos poéticos de la reina de belleza del momento o la pataleta del político de turno que olvidó tomar sus gotitas homeopáticas. Más aún, se llega a lo inconcebible: premiar oficialmente el asesinato por fuera de la ley, como en ese canje inaudito donde la mano de “Ríos“, prueba de su asesinato, es lo que asegura la recompensa para “Rojas“.
No obstante, en ocasiones pretendemos recuperar nuestra capacidad de reacción y simulamos, con gran despliegue, indignarnos por los asesinatos múltiples en los Estados Unidos o en Alemania, mientras ignoramos o, si la audacia nos invade, susurramos de paso y como una entre tantas otras, la noticia de la masacre de la semana en alguna apartada región de la geografía colombiana, como si las matanzas en otras latitudes fueran excusa para las que toleramos en la nuestra.
“¡Qué horror! Diez y siete personas asesinadas cerca al puerto y la semana pasada habían sido otras doce.
“Sí, lo vi en la prensa; menos mal que estamos lejos. Pero en todas partes se cuecen habas ¿leíste lo de la masacre en Alemania? Aunque, de paso, aquí deberían callar esa prensa amarillista que azuza la violencia. Bueno, pero afortunadamente no todo es malo: ¿viste que nos van a dar la sede del mundial sub-20 en 2011?
Los violentólogos
Pero la reflexión que se propone no puede ser apenas una ocasión más para que investigadores, moralistas y políticos consignen su pensamiento en densos volúmenes, por lo demás bienvenidos, valiosos e indispensables, que son adquiridos cuatro años después de su publicación, a la décima parte de su precio original en la Feria del Libro, por otros investigadores, moralistas y políticos que los citarán en sus propias investigaciones, llamadas a correr la misma suerte cuatro años más tarde.
No podemos aceptar que mientras algunos pocos se esfuerzan por indagar acerca del porqué del problema y por buscarle soluciones, la indiferencia general crezca a su alrededor, al mismo tiempo que las pirámides de cadáveres dispersas a lo largo y ancho del territorio colombiano. Ha llegado el momento en que esa reflexión sobre la violencia, sobre las causas que la desencadenan y las soluciones que se ofrecen para darle fin deje de ser monopolio de un desinteresado y brillante grupo de “violentólogos” y se convierta en preocupación acuciante del ciudadano del común.
Escarbar en las conciencias de todos
Aunque el aporte de los llamados “intelectuales” sigue siendo indispensable y probablemente lo seguirá siendo cada día más durante largo tiempo, tenemos que convencernos de que no son ellos los únicos responsables de explorar y proponer soluciones. Se necesita hoy, y esto es absolutamente esencial, que cada muerte, que cada asesinato, que cada secuestro, que cada acto de violencia sea para cada uno de nosotros el detonante de una reflexión y de una acción individual y social. Se necesita que individual y colectivamente nos interroguemos acerca del porqué de ese desprecio por la vida, de ese desangre sin sentido, de ese atropello inaceptable contra la dignidad de los seres humanos.
Pero eso no basta; es preciso que pensemos de qué manera nuestras ideas, nuestras actitudes y nuestra acción pueden contribuir a cambiar ese estado de cosas y, sobre todo, que lleguemos al convencimiento de que esa contribución hace parte de nuestra responsabilidad como colombianos y como seres humanos.
Que esa reflexión se extienda tanto a los niños que empiezan a descubrir lo difícil pero lo indispensable y lo gratificante que es compartir la ruta de la vida con nuestros semejantes, como a los ancianos que pretenden enseñarles cómo recorrer ese camino.
Que llegue tanto a la directora del colegio para que vea en la alumna rebelde no a un objeto de escarnio sino a una persona que requiere una mayor cantidad de afecto, como al guerrillero que supone que la justicia germinará sobre la descomposición de los cadáveres que riega a su paso y al paramilitar que decide que la armonía se logra mediante el aniquilamiento de quienes no estén dispuestos a compartir su visión del mundo y sus intereses o los de aquellos a cuyo servicio se encuentra.
Que llegue a quienes han decidido compartir sus vidas para que sean conscientes de que esa decisión no es el comienzo de una batalla para aplastar al otro, sino de una cooperación que les permita realzarse mutuamente.
Pero no se trata de una reflexión que nos lleve a auto-estigmatizarnos o, por el contrario, a tratar de justificar nuestros actos violentos, sino de una reflexión tan poderosa que nos haga cambiar muchos de nuestros valores, de nuestras actitudes, de nuestros comportamientos y que nos conduzca a una movilización individual y colectiva para hacer frente a esas corrientes de odio envenenado por décadas de creciente podredumbre, que ante una sociedad cada vez más inconsciente, permisiva y débil, amenazan con transformarse en avalancha irresistible, capaz de sepultarnos, con o sin “Seguridad Democrática“.
La verdadera guerra
La verdadera guerra que tenemos que librar es paradójicamente la guerra por la paz; enfrentar a la guerrilla, a los paramilitares, al crimen organizado es necesario para lograr ese propósito; pero el combate contra esos grupos da lugar a simples batallas que inclusive si se ganan, no garantizan que se haya ganado la guerra contra la violencia. “Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia” serán sustituidas por el “Ejército de los Desplazados de Colombia“, los grupos paramilitares ya lo están siendo por las “Águilas Negras“, los carteles de Medellín y Cali por los que insultan con su nombre los nombres de las distintas regiones y municipios colombianos y las “barras bravas” que invaden nuestros estadios por los “hinchas furiosos” que ocuparán las sillas de aquellas.
La guerra que tenemos que librar, la verdadera guerra, exige mucho más. Exige ante todo un combate en el plano de las ideas; un combate donde cada uno de los colombianos tiene que derrotar dentro de sí la idea de que en la violencia encontrará solución a sus problemas, a sus conflictos, a sus demandas de justicia. No tiene sentido seguir pensado que sólo aplastando al otro con la fuerza de las armas lograremos ganar la paz.
Debemos comprender que cada colombiano que se destruya en la lucha contra esos grupos irregulares, aún si hiciera parte de éstos, lejos de dar lugar a un parte de victoria, a un nuevo “positivo”, así sea verdadero, es una frustración más para Colombia, una pérdida de alguien que hubiera podido ser un elemento valioso para la sociedad, para cada uno de nosotros. Más aún, en cada muerte está el germen potencial de una nueva cosecha de violencia que puede agigantarse en cualquier momento e incendiar completamente el país. Revisemos la historia colombiana reciente y no podremos ser desmentidos en esta afirmación.
La paz es una cultura
Por estas razones nos vemos forzados a admitir que el logro de la paz es, ante todo, una cuestión de cultura, una cuestión de percepción del mundo y de la manera como hemos de relacionarnos con los demás, y que en tal virtud no podemos lavarnos las manos y descargar en el Ejército la enorme responsabilidad de convertirlo en realidad.
Debemos aceptar que cada uno de nosotros está llamado a sumarse a la búsqueda de este logro, con los medios de que disponga en función de sus capacidades y relaciones. Hemos de admitir que todos, incluyendo en primer lugar al Gobierno, tenemos que dejar de ver en la persona del violento al enemigo que hay que destruir, y comenzar a entender que es la violencia, encarnada en ese individuo -y en cada uno de nosotros-, lo que debe perseguirse con todo el ahínco y la fuerza de que dispongamos. Que en esta lucha, las armas de destrucción, aunque infortunadamente pueden ser un instrumento, están lejos de ser el único y aún el más importante, al contrario de lo que suponen todavía, quizás de manera inconsciente, muchos de los que se dicen defensores de la paz.
Corregir las raíces
Pero tenemos que ir aún más lejos: No basta con atacar las manifestaciones actuales de la violencia; tenemos que enfrentar sus causas; de lo contrario, como lo enseña nuestra experiencia histórica, por cada cabeza que cortemos a la hidra surgirán muchas más que acabarán por devorarnos. Y seguramente, en gran proporción estas causas han sido identificadas aunque queramos cerrar los ojos frente a ellas porque afectan nuestro ego, nuestro poder o nuestro bolsillo o, porque, simplemente, nos intranquilizan. Y siempre encontraremos hacedores de regresiones tranquilizadoras que busquen convencernos de que la evidencia vital es ilusión y la curva geométrica realidad incontrovertible; que mayor desigualdad significa desarrollo, menor salario mínimo más equidad, más muertes de guerrilleros en combate más armonía y hallaremos también más hacedores de discursos elocuentes que traten de calmarnos con la pretensión de que más Convivir significan más convivencia, más armas de destrucción más seguridad y más represión más orden.
Es entonces cuando debemos volver a quienes han dejado consignadas por escrito reflexiones valiosas en la búsqueda de caminos alternativos hacia la paz y buscar, y ojalá encontrar en sus obras no sólo respuestas a muchos de los interrogantes planteados, sino estímulos para lanzarnos a una resistencia contra esas formas agobiantes de violencia que amenazan no sólo con destruirnos como personas sino de producir una hecatombe (esa sí verdadera y no producto de una elaboración de filigrana) para la sociedad colombiana.
Si no damos pasos decisivos por esta vía, la adicción a matar a que se refería el entrevistado de El Espectador, se convertirá en epidemia letal, susceptible de dar el golpe final a las bases de nuestra sociedad. De una sociedad que si sigue dejando que sus miembros se asesinen entre sí, es una sociedad que definitivamente ha optado por su propio suicidio.
* Doctor de la Escuela de Altos Estudios y de la Universidad de París, abogado economista de la Universidad Javeriana, Profesor e Investigador de la Universidad de los Andes y consultor internacional