miércoles, 3 de junio de 2015

Demasiados muertos

Demasiados muertos

Recurriendo a diferentes fuentes confiables, puedo afirmar que en Colombia se registraron en los últimos cuarenta años – entre 1975 y 2014 – un total de 747.289 homicidios.
Por: Saul Franco
Podemos redondear la cifra en 750.000, y tendríamos un promedio anual de 18.750 casos de homicidio y un alarmante y vergonzoso promedio de un homicidio cada media hora durante esos cuarenta años. Demasiados muertos, verdad?
Cuando hablo de fuentes confiables me refiero a los informes de la Policía Nacional, del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, del Departamento Nacional de Estadística –Dane- de algunas investigaciones específicas y del Observatorio Nacional de Salud –ONS- que acaba de divulgar su IV Informe dedicado, en buena parte y con mucho rigor, justamente al tema de la violencia homicida en el país entre 1998 y 2012. Conviene advertir que no siempre coinciden los períodos, indicadores y tipo de datos suministrados por las distintas fuentes, siendo necesario optar por la información disponible más constante y consistente.
No todos esos muertos se deben a la guerra que padecemos, por supuesto. Hay homicidios por riñas callejeras, con frecuencia facilitados por el licor. Hay un porcentaje debido a la violencia en las relaciones familiares y de pareja. Hay violencia homicida producida por la llamada delincuencia organizada, y también por la desorganizada. La hay en el trabajo y en casi todos los escenarios en donde sucede la vida, incluyendo los deportivos. Entre quienes hemos estudiado el tema se estima que entre un 10 y un 20% del total de víctimas de este tipo de violencia se debe directamente al conflicto armado interno, pero que indirectamente el porcentaje es muchos mayor.
Siendo preocupante el dato de cuántos colombianos/as mueren como víctimas de homicidios, lo es mucho más saber quiénes son, en dónde viven y por qué los matan. Todas las fuentes de información coinciden en que, de lejos (hasta en un 92%), los hombres son las principales víctimas. Que casi las tres cuartas partes de las víctimas son jóvenes entre los 15 y los 39 años. Que de los cuarenta años registrados, los peores fueron 1991 y 2002. Que entre Antioquia y el Valle del Cauca han concentrado el 40% de las víctimas de homicidio. Algunos estudios - el del ONS entre ellos - han ayudado a precisar que 27 de los 1.123 municipios del país responden por la mitad de los homicidios. Y hay en ellos sólidas asociaciones entre las tasas de homicidio y las de desempleo, el PIB per capita, la cantidad de acciones de todos los grupos armados, el bajo nivel educativo de las víctimas, la producción de coca, y la explotación petrolera antes y la de oro ahora.
Personalmente sigo convencido de que en el triángulo intolerancia-inequidad-impunidad se encuentra el núcleo explicativo de buena parte de nuestras violencias, incluida la homicida.
Hace treinta años, Eric Hobsbawn, un historiador inglés que se interesó en Colombia, tituló un ensayo suyo: Colombia asesina. Al terminar el milenio pasado, el socio-politólogo Alvaro Camacho afirmó que había elementos para darle la razón a Hobsbawn. Y las cifras expuestas aquí parecen confirmar que sí somos un país de gatillo fácil. ¿No será ya hora de dejar de serlo, de ensayar otras formas de resolver las diferencias inevitables, y de anteponer el valor de la vida al imperio de la muerte?
Saúl Franco. Médico social.


¿Qué pasará después de la minería?

De la minería a dónde?

DESPUÉS DE UNA DÉCADA DE DISFRUtar un premio seco de la lotería de las materias primas, nos vemos abocados a una pérdida considerable de riqueza.
Por: Salomón Kalmanovitz
En los noventa también tuvimos una bonanza con el hallazgo de los pozos petroleros de Arauca y Casanare. En ambos casos, nos cayó la enfermedad holandesa: cayeron las exportaciones distintas a las mineroenergéticas, mientras que la industria y la agricultura fueron acorraladas por importaciones baratas.

La actividad minera nos proveyó  una renta que no ahorramos y que invertimos mal. Noruega, Chile y Perú salieron mejor librados que nosotros por la caída de los precios de las materias primas pues ahorraron en fondos externos y sus gobiernos obtuvieron excedentes que se pueden gastar ahora. Antes de eso, Canadá y Australia se dotaron de un sistema de educación de alta calidad con las rentas de sus exportaciones mineras. Acá aumentamos la cobertura más no la calidad educativa.

Ahí están las dobles calzaditas de Uribe sin terminar, el túnel de La Línea, inaugurado varias veces, o el acueducto de Yopal, reconstruido en tres ocasiones y cuyo exiguo líquido contiene bacterias. Se construyeron algunas buenas carreteras en los llanos y en otras regiones, con grandes sobrecostos. La más necesaria de todas, que debía comunicar el puerto de Buenaventura con el resto del país, está lejos de terminarse. La ciudad portuaria está llevada por la criminalidad del narcotráfico que acosa a una población sin futuro. Todas las autopistas del país se estrellan con calles estrechas o la ausencia de vías perimetrales al llegar a las ciudades.

Tenemos un problema de economía política sin resolver y las bonanzas sólo lo exacerbaron, aunque nos aseguran  que nos hemos tornado en un país de clase media y que seremos cada vez más prósperos. La riqueza se crea mediante el trabajo cada vez más productivo y eso aplica menos a las materias primas, aunque nuestra bonanza reciente resultó de la aplicación de nuevas tecnologías a la recuperación secundaria de crudos pues no se encontraron nuevos depósitos.

El conflicto interno prohijó la expropiación de cientos de miles de labriegos y debilitó los derechos de propiedad de todos los ciudadanos. El crimen organizado capturó partes del Estado, el sistema de justicia se corrompió y los intereses de los grupos económicos se impusieron sin barreras sobre la sociedad. Nada de esto apoya el desarrollo económico.

El capitalismo compinchero campea por doquier: en la producción de biocombustibles, a la que se le compartió la renta petrolera con los altos precios internos de la gasolina y el diesel,  y  con los oligopolios que hacen acuerdos que expolian a los consumidores del mercado interno cautivo sin preocuparse por exportar. Algunas empresas se han vuelto maquiladoras y empacadoras de bienes importados.

Hace falta una política pública que aumente la productividad de la industria y de la agricultura, tarea difícil después de 20  años de rentismo. También hace falta una política de competencia que presione a los productores locales a trabajar con márgenes bajos y conduzca al aumento de los volúmenes producidos. La devaluación ayuda pero no es un panacea: muchas industrias se redujeron de tamaño o simplemente cerraron sus puertas. La agricultura podría reaccionar más rápido, pero habría que sacar de nuevo al clientelismo del ministerio respectivo.


Los elegidos del tren de la historia

Los elegidos del tren de la historia
La élite colombiana no solo es dueña del país sino también de la historia.
Guillermo Maya
La ministra de Comercio, Industria y Turismo, Cecilia Álvarez, en relación con la aprobación del TLC de Colombia con Corea, le clavó una banderilla retórica al senador Jorge Robledo, oponente del tratado: “(…) con estar siempre del lado equivocado de la historia ya tiene suficiente castigo” (Colombia en la era del Pacífico, EL TIEMPO, 28-12-2014). Además, a los empresarios los tildó de miedosos: “No entiendo cuál es el miedo si los empresarios colombianos también pueden competir” (Negocios: Colombia quiere mirar al Pacífico, semana.com, enero 3 del 2015).
¿Cuál es la ventaja colombiana en el comercio mundial? ¿La infraestructura de país de quinta? ¿Los bajos costos de la energía? ¿La inversión fabulosa en ciencia y tecnología? ¿Los generosos salarios? ¿La ilustrada clase dirigente? Ninguno de los anteriores, y mucho menos la clase dirigente, que está subordinada a los intereses extranjeros, tanto económicos como políticos, y que no toma rutas independientes y genuinas. No tiene objetivos nacionales, solo sectoriales o privados, y ha subordinado la soberanía nacional a los intereses extranjeros.
Federico List, el segundo economista alemán más leído en el mundo, en su libro Sistema Nacional de Economía Política (1841), padre de la integración alemana y europea y de la industrialización, ve los problemas de manera diferente a la distinguida Ministra: ¿qué nación es más rica y poderosa? List da una regla para aplicarla: “Cuanto mayor es su exportación de productos manufactureros”, como expresión de la transformación productiva, y el desarrollo de sus “poderes productivos”. Especialmente, el “capital espiritual” o “mental”, que es escaso en nuestra clase dirigente de visión cortoplacista.
¿Cómo se hace un país industrial? Mediante el principio de la ‘educación industrial’, basado en los aranceles protectores. Sin embargo, la protección no debe ser ni “prematura” ni “exagerada”; se deben aplicar aranceles “largamente meditados y paulatinamente decrecientes”. Los aranceles demasiados altos “perjudican a la nación que los establece, ya que desaparece el afán de competencia de los industriales nacionales con los del exterior, y se fomenta la indolencia”.
Sin embargo, una vez alcanzado el máximo desarrollo de los “poderes productivos”, se practica el comercio “lo más libre posible”. El libre comercio es una meta no un medio para el progreso.
¿Cómo se logra la transformación productiva? Por medio del poder, “porque una nación, por medio del poder, no solo obtiene nuevas fuentes de producción, sino que defiende también la posesión de riquezas de que antes disponía, porque lo contrario del poder, la impotencia hace que todo cuanto poseemos, no solo la riqueza sino también nuestras energías productivas (…) e incluso nuestra independencia como nación caigan en manos de aquellos que nos aventajan”. ¿Pruebas? “la historia (…) de los españoles y de los portugueses”.
¿Por qué España y Portugal se atrasaron respecto a otras naciones europeas, a pesar de las grandes riquezas extraídas de América y África? “El descubrimiento de América y la ruta de El Cabo solo aparentemente y de modo transitorio, aumentó la riqueza de ambos países. En efecto, en lugar de cambiar su productos fabriles, como posteriormente lo hicieron ingleses y holandeses, por los productos de las indias occidentales y orientales, compraron estos artículos (…) alimentaron la industria, el comercio y la potencia marítima de los holandeses e ingleses, convirtiendo a estos en rivales suyos, que pronto fueron lo bastante poderosos para destruir sus flotas y arrebatarles las fuentes de su riqueza”. El oro de América destruyó la economía española y se convirtió en el impulsor de la manufactura extranjera. Enfermedad española, hoy la llaman holandesa.
El tratado comercial de Methuen, entre Inglaterra y Portugal en 1703, para que Portugal exportara vino a Inglaterra, y esta última exportara telas a la primera, terminó arruinando la manufactura portuguesa. ¿Los comerciantes? Los directamente beneficiados con los TLC: “si fuera posible, venderían campos y praderas al extranjero y, después de vender la última parcela de tierra, subirían a un barco y se exportarían a sí mismos”.
Modelo Colombia para condecorar la clase dirigente: informalidad laboral rampante y bajos salarios; mayor número de desplazados del mundo, noveno país en homicidios anuales; décimo primer país en concentración del ingreso (la tierra es aún más concentrada); carteles oligopolistas fijadores de precios; locomotora mineroenergética que daña el medioambiente y la salud, y la locomotora desindustrializadora; campeones en corrupción, élite codiciosa y excluyente, casi todo el gabinete del presidente Santos es egresado de los Andes; y una guerrilla que excluye y sustituye por la fuerza al movimiento social y legitima el uso de la violencia contra la sociedad civil en sus reclamos y aspiraciones más elementales.
La élite colombiana no solo es dueña del país sino también de la historia.


La educación en Colombia: precariedad e improvisación

La educación en Colombia. Precariedad e improvisación
Escrito por  Carlos Eduardo Maldonado*
Los dos polos de la educación

La forma más evidente de ser un conservador progresista consiste en reconocer abiertamente que los cambios del mundo son forjados mediante la educación –de los individuos, las comunidades y la sociedad–. Un planteamiento semejante es políticamente correcto, socialmente aceptado, pero mentalmente retardatario y científicamente problemático.

La educación se mueve entre dos extremos: de un lado, el mundo del trabajo, y de otra la capacidad de potenciar y desarrollar las capacidades humanas. En el país esta dúplice circunstancia tiene un resorte social, psicológico y cultural evidente, enunciado hacia la segunda mitad del siglo XX por el padre de las matemáticas en Colombia, el profesor Y. Takeuchi: un colombiano piensa mejor que un japonés, o gringo o europeo, pero dos japoneses (o gringos o europeos) piensan mejor que dos colombianos.

Es decir, todo parece indicar a lo lago de la historia la importancia de las capacidades, las ganas y el empuje individual de los colombianos. Pero las inmensas dificultades para cooperar, convivir, para ayudarse y existir en términos de solidaridad y de políticas sociales y públicas.

Pues bien, la principal preocupación del mundo de la educación en general es la deserción, escolar o universitaria, traducida en el plano del trabajo como desempleo. Esta es una ecuación lineal: la deserción se traduce de inmediato en desempleo, individual y social.

Y por su parte, el principal aliciente de la educación consiste en la potenciación de la innovación, la investigación y la formación de talento humano de las mayores capacidades. Este aspecto, sin embargo, merece una mirada más cuidadosa.

Un país sin política pública de educación

Las sociedades del pasado se caracterizan por los sectores clásicos de la economía. Como es sabido, estos son el sector primario –agricultura y ganadería–, el sector secundario-manufactura e industria, y el sector terciario –servicios–. Visto con los ojos del pasado, la educación –al igual que la salud–, forma  parte del sector servicios. De esta suerte, lo que hacen los colegios y universidades, los institutos técnicos y medios es considerar a los estudiantes como clientes. De manera exactamente análoga a la salud. La salud y la educación, que son los dos pilares de cualquier política social. En otras palabras, así las cosas, los colegios y universidades, por ejemplo, prestan un servicio social, y en Colombia, deben obtener ganancias por dicho servicio; de una forma o de otra.

Pues bien, lo cierto es que el mundo cambió, y con él, a pesar suyo, también el país. Algo de lo cual el actual gobierno y quienes le antecedieron no han tomado nota.

En efecto, tanto en lo cultural como en lo sociológico, en lo político como en la  economía, el mundo –e incipientemente el país–, inició el tránsito hacia el cuarto sector de la economía, el mismo que tiene dos momentos: la economía de la información y, posteriormente, la economía del conocimiento. De esta forma, la sociedad de la información y la sociedad del conocimiento –dos fases de un mismo proceso y tendencia–, constituyen dos expresiones de las sociedades del futuro. Un futuro que ya comenzó y se encuentra alrededor nuestro.

Como es sabido, en la economía de la información la industria de la educación constituye un capítulo nuclear y uno de sus rasgos más distintivos. Una expresión puntual de la base material de la economía de la información son las TICs (tecnologías de la información y el conocimiento), un concepto que en rigor procede de los años 1970.

Por su parte, en la sociedad del conocimiento, la industria de la educación se integra en un capítulo más amplio que lo comprende y lo hace posible: la industria del conocimiento. En correspondencia, una expresión de la base material de la economía del conocimiento son las tecnologías convergentes (no ya las TICs). Las tecnologías convergentes son las tecnologías: NBIC + S. Esto es, la nanotecnología (y la nanociencia), la biotecnología, las tecnologías de la información, las tecnologías del conocimiento, y la dimensión social de las tecnologías (que es a lo que se refiere la letra S).

En el marco de la sociedad de la información y del conocimiento la educación –al igual que la salud– ya no forma parte del sector servicios. Por el contrario, mucho mejor, forma parte justamente del sector información, definiéndose de manera precisa por el conocimiento, respectivamente.

Colombia, un país promisorio, miembro del grupo de países Civets (que es el acrónimo del grupo de países conformado por Colombia, Indonesia, Vietnam, Egipto, Turquía y Suráfrica) –esto es, la segunda fila de los países más promisorios económicamente hacia futuro, detrás de los Bric–; un país que aspira a ingresar a la Ocde, uno de los puntos de referencia, por lo menos, regionales, en materia de crecimiento y desarrollo –Colombia en sus políticas públicas, gubernamentales y de Estado aún no se entera del nuevo marco de circunstancias. En efecto, el ministerio correspondiente se llama el Ministerio de las TIC –lo que en la punta del conocimiento y de las política son el mundo constituye un verdadero arcaísmo–, y desde Presidencia hasta el Ministerio de Educación, hoy tanto como ayer, se proyecta la idea de que la educación –como la salud– forman parte del sector servicios.

Una perfecta muestra de desactualización, ausencia de formación, y falta de conocimiento sólido por parte del Gobierno y el Estado, por decir lo menos.

Lo cierto es que en Colombia jamás ha contado con una política social seria, decidida y comprometida, y por consiguiente, jamás ha existido ni una política de salud ni tampoco una política pública de educación. Más allá de los documentos (el papel todo lo aguanta), las proclamas y las palabras mismas. En la historia de este país, de manera tradicional siempre se han hecho cosas con palabras, y las palabras han terminado muchas veces siendo confundidas con las cosas mismas. Algo que un historiador conspicuo –M. Deas– ha denominado como las relaciones entre gramática y poder. Políticas retóricas de un lado, falta de compromiso social por parte del Estado y los gobiernos, de otro.

Las políticas sociales comprenden radicalmente políticas liberales en el más fuerte de los sentidos, y se proyectan hasta las mejores prácticas socialdemócratas y del Estado de Bienestar en muchos de los países de la Ocde. Y ello para no hablar de ideas de transformación y de cuño socialista, por ejemplo. De manera tradicional, las burguesías nacionales en Europa, Japón y los E.U. tuvieron siempre una preocupación auténtica por su propia población, por su bienestar y desarrollo humano. Algo que en nuestra historia nacional suena a socialismo y comunismo, por ejemplo.

El miedo a la innovación

La sociedad de la información corresponde, históricamente, a las sociedad de los años 90 del siglo anterior. Sin duda, la mejor radiografía de la misma la encontramos en La sociedad de la información. Economía, sociedad y cultura, de M. Castells, quien argumenta que de la sociedad de la información emerge una nueva clase social (para la cual, en rigor, carecemos aún de nombre o concepto). Esta nueva clase social se caracteriza por que no tiene la propiedad de los medios de producción, y no necesita (ni quiere) tenerlos. Es ella, la generadora de las nuevas condiciones de bienestar, de calidad de vida, y de desarrollo social y humano, uno de cuyos pilares fundamentales es al educación (tanto como la salud).

En la sociedad del conocimiento esta nueva realidad social y política se radicaliza y profundiza, dando lugar a nuevas formas de organización del conocimiento, tanto como a nuevas formas de organización social del conocimiento.

La economía política de la sociedad de la información y de la economía del conocimiento se ocupa exactamente por la forma como se produce, circula, distribuye, consume y se acumula el bien que caracteriza a la riqueza de un país o de una nación. Pues bien, en las sociedades del futuro –que ya están entre nosotros–, este bien es justamente la información, y el conocimiento. Así, en contraste con los tres sectores tradicionales de la economía, lo verdaderamente importante en el nuevo marco social y cultural ya no es el campo y el ganado, las máquinas, empresas y fábricas, por ejemplo, sino, mucho mejor, el conocimiento que se tiene sobre ellas. Esto se caracteriza de dos maneras, como el know that y el know how.

En otras palabras, la información y el conocimiento son los bienes –¡inmateriales, no-fungibles!– que determinan, literalmente, el crecimiento y el desarrollo de un país o de una nación, tanto como, de forma determinante, la calidad de vida a nivel individual y colectivo. Así, a nivel individual o social, el bienestar humano y colectivo es directamente proporcional a la información y al conocimiento que en la sociedad se produce, distribuye, circula, consume y se acumula. En el nuevo marco cultural de los pueblos, la calidad de vida tanto como la dignidad humana son cada vez más directamente proporcionales a la información y al conocimiento existente en una comunidad, grupo o colectividad. El mundo ha cambiado de manera significativa.

Pues bien, exactamente en este marco y en estas nuevas condiciones, el factor más determinante de la información y el conocimiento es la innovación, del cual, de manera básica, cabe distinguir dos clases: la incremental y la radical. Aquella consiste en el mejoramiento gradual de un bien o servicio. Ésta, por el contrario, consiste en la introducción de un bien o servicio por primera vez en la historia de la humanidad, traducido en bienestar y desarrollo.

Lo anterior, sin embargo es algo que se dice fácilmente pero que social y políticamente es altamente difícil e incluso peligroso. En verdad, lo cierto es que mientras que los colegios y las universidades, las empresas y el gobierno hablan por doquier de innovación, todos ellos le tienen pánico. Esto se traduce y expresa, de manera puntual, en la educación.

La investigación como el cuello de botella de la educación

En ausencia de una política gubernamental seria y consolidada de educación –lo cual no es sino una manera de decir que no existe ni ha existido, en absoluto, una política social por parte del gobierno o del Estado–, lo hecho en educación depende de dos factores principales: de un lado, análogamente a la ley de la selva, todo depende de las capacidades, medios y modos de cada quien, lo que se traduce de inmediato en privatización de las iniciativas, capacidades y planes de educación. Al mismo tiempo, y como consecuencia de lo anterior, todo queda a la deriva de las vicisitudes “del mercado”. Un contraste marcado que resalta al confrontar la situación colombiana con otros países de la región, y muy especialmente con Ecuador y Brasil, por ejemplo, que sí tienen claras políticas educativas, de investigación y de innovación. O bien, en otro plano, con Chile, que tiene avances en materia de cubrimiento, gracias a las conquistas sociales del reciente movimiento de estudiantes.

En otras palabras, el mundo de la educación se dirime como la tensión entre dos puntas. De una parte, la principal preocupación que debería movilizar a los entes oficiales es, hoy por hoy, la altísima deserción –escolar y universitaria, traducida en el mundo del trabajo, como ya lo anotamos, en alto desempleo, o como la existencia y crecimiento de empleo informal.

De otro lado, está la investigación, como el verdadero nutriente –en términos de información y conocimiento– de la educación. Pues bien, en Colombia no han existido políticas en este campo –esto es, en el sentido primero de la palabra, de ciencia y tecnología-, que promuevan de manera activa, sistemática y de forma continuada la innovación, la producción de nuevo conocimiento, en fin, el cambio de la sociedad gracias precisamente al papel activo y explícito del conocimiento.

La deserción escolar y universitaria es el resultado de la ausencia de políticas sostenidas en el tiempo que cubren, en toda la línea de la palabra, políticas sociales y de bienestar. Esto es, por ejemplo, becas y subsidios, alimentación y nutrición de calidad, acceso a libros y revistas de calidad internacional, la digitalización de la sociedad, es decir, convertir a internet en un derecho humano y en un bien común, como ya sucede en los mejores países del mundo, el bilingüismo y la movilidad de estudiantes y profesores, por ejemplo.

Lo que se hace en el país es, de un lado excepcional, y de otra parte, el resultado de iniciativas privadas. El Estado parece permanecer ajeno al tema. Todo ello conduce, abierta o tácitamente, a la privatización de la educación (matrículas elevadas en los niveles de pregrado y postgrado, un sistema de selección y competitividad dominante antes de cooperación y solidaridad, etcétera).

De manera puntual, aún no existen en el país universidades de investigación, todas son de docencia en las que la investigación, sin los presupuestos y disposiciones de tiempo necesarios, es abordada como una actividad más. La masificación de los cursos, de las cargas administrativas y otras responsabilidades rutinarias en numerosas universidades, son una expresión de lo anterior. La (poca o mucha) investigación encarada en el país es el resultado de fortalezas y capacidades individuales y de grupo, gracias en muchas ocasiones a incentivos selectivos diversos, antes que de políticas de promoción e incentivación desde el gobierno y el Estado. De manera puntual, Colciencias jamás llegó a ser lo que se pretendió en el Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología formulado en 1991, y a la postre se convirtió, en el mejor de los casos, en un mecanismo de contención y control, de medición y autosostenimiento. Colombia se encuentra muy lejos de alcanzar y desarrollar un Ministerio, unos institutos y centros nacionales de investigación y desarrollo, algo que sí existe en numerosos países de la Ocde, por ejemplo.

La verdad es que la innovación no se lleva a cabo en Colombia, por regla general, dentro de las universidades, sino a pesar de ellas. En otras palabras, la innovación en estos centros de estudio es más bien la excepción antes que la regla, pues lo cierto es que la mayoría de las innovaciones suceden hoy en día por fiera de las universidades.

La distinción, suficientemente conocida, entre investigación formativa e investigación científica se define en el centro de la tensión entre deserción escolar y universitaria con el consecuente desempleo y desmejoramiento de las condiciones de vida de los individuos, y de los esfuerzos aislados y episódicos de innovación, producción de conocimiento, investigación y desarrollo.

En pocas palabras: Colombia parece haber comenzado a ingresar a la sociedad de la información a partir del año 2001 hasta el presente, pero siempre de forma limitada y tímida. La historia de la riqueza y la pobreza, la equidad o las injusticias, en fin, el bienestar y el desarrollo es ante todo la historia misma de la tierra, y la lucha por ésta, aún hoy. De acuerdo con varias fuentes, a partir del 2001, la economía de la información aportaba el 2,01 por ciento del PIB y para el año 2014 rozaba alrededor, tan solo, del 3 por ciento**. Un factor aún incipiente. La mayor parte de la riqueza o bienestar del país procede de la tierra, como ha sido históricamente el caso: quina, tabaco, café, flores, petróleo, minería extractiva… En una palabra, la riqueza y el bienestar en Colombia ha sido hasta la fecha gracias a la tierra y contra ella.

Ahora bien, de cara a la sociedad del conocimiento, el país se encuentra aún bastante lejos de ingresar a ella, lo cual no impide reconocer que ya existen individuos y grupos que sí han logrado tal ingresado.

Nuevamente: la sociedad de la información y del conocimiento

Como en tantas otras ocasiones y en numerosos planos, el mundo se le metió al país. En materia de educación, muy notablemente, se trata de la cienciometría, entendida como ciencia de segundo orden, encargada de medir la forma como se hace ciencia en un país, la misma que está regida por criterios, estándares y políticas internacionales. Todo comienza en 1961, desde la Ocde, y se condensa, hasta la fecha en diversas herramientas: el Manual de Frascati, el Manual de Oslo, el Manual de Canberra, el Manual de Bogotá, iniciativas públicas y privadas en torno a la elaboración, seguimiento y alimentación de escalafones de diverso tipo, en fin, la elaboración de indicadores de calidad en muchos planos, sobre excelencia educativa y de investigación.

De manera puntual, existen diversos rankings internacionales que miden a las universidades –públicas y privadas; ellas, a pesar de creer que hacen lo suyo como una empresa propia con justificaciones diversas–; se elaboran rankings de los mejores investigadores de cada país, de manera creciente (registrados, notablemente en Webometrics); se compara y elaboran políticas educativas de nivel internacional en diversos niveles, midiendo el desarrollo social de un país en acuerdo con ellas; también se elaboran escalafones de los mejores tanques de pensamiento (Think Tank), privados, mixtos o públicos.

El mundo se le metió al Estado y al gobierno, y lo mejor que ellos pueden hacer es ajustarse a los nuevos ritmos y requerimientos. En otras palabras, hemos dejado de pensar simplemente en términos de identidad y soberanía nacional, legitimidad de las instituciones, historia y geografía. El mundo se tornó magníficamente complejo.

A los indicadores clásicos de la sociedad y del país –tales, por ejemplo, como los indicadores Gini, el ingreso per cápita, el consumo de energía, y otros–, ahora tenemos, de manera superpuesta, indicadores de desarrollo humano: felicidad, satisfacción e integración con el ambiente, excelencia de la educación, investigación y desarrollo, en toda la línea de la palabra, como indicadores de desarrollo y crecimiento, por ejemplo.

Pues bien, un Estado y un gobierno que no estaban preparados para ellos, lo mejor que pueden hacer es improvisar, adaptar las cargas en el camino, en fin, desviar su propio camino en el sentido de las nuevas realidades. En un país tradicional y sempiternamente conservador y atrasado, las nuevas realidades se traducen como avances sociales y garantías de bienestar individual y social.

La verdad es que en las nuevas condiciones, el gobierno y el Estado en Colombia deben implementar, por primera vez en toda la historia, políticas serias, transparentes y sostenidas de educación, de conocimiento e investigación y desarrollo. Puesto que se trata de imposiciones, demandas o requerimientos internacionales. De todo ello, sólo puede beneficiarse inmediatamente la población nacional. A pesar de que en la foto sólo salgan los funcionarios y gobernantes.




** Maldonado, C E., (2005). CTS + P. Ciencia y tecnología como política pública y política social. Bogotá: Universidad Externado de Colombia/Observatorio Colombiano de Ciencia y Tecnología, pp- 1-225.

*Profesor titular. Facultad de Ciencia Política y Gobierno. Universidad del Rosario



La guerra de los pobres

La guerra de los pobres

Soldados y guerrilleros son lo mismo: pobres campesinos colombianos.
Por: María Elvira Bonilla

Los 12 militares y 40 guerrilleros que han muerto en esta guerra absurda, que es urgente acabar, terminaron allí atrapados por circunstancias que no escogieron libremente. Sus historias personales, como seres humanos, coinciden en un origen común de intentos fallidos de familias campesinas por sacar adelante a unos hijos cultivando precarias parcelas nacidas de aperturas de colonos hechas a punta de hacha y machete en la lejana Colombia o sobrevivientes del rebusque que van dejando hilachas de miseria en pueblos y tugurios urbanos.
La composición social del ejército colombiano es muy revelador. Según un informe publicado en Las2orillas.com, con datos oficiales de las Fuerzas militares, de los 100 mil colombianos que conforman el grupo de soldados regulares y campesinos y policías que prestan el servicio militar obligatorio, el 80% proviene de familias con ingresos bajos, estratos 1, 2 y 0 que son familias que están por debajo de la línea de pobreza. El 19.5 % son de clase media, mientras que de familias acomodadas de los estratos 4 y 5 no son más del 0.5 %. El estrato 6 ni siquiera se toma en cuenta porque son éstos los jóvenes que logran escapar a la triste suerte de tener que arriesgar sus vidas en una guerra ajena.
El grueso del ejército y la policía no está compuesto por quienes voluntariamente quieran empuñar las armas. Son jóvenes que terminan en el campo de batalla sin alternativa porque a los 18 años no tienen posibilidades de estudiar, que ya de hecho marca un destino desigual. El cuerpo de oficiales que conforman la cúpula que maneja el poder económico y jerárquico dentro de las Fuerzas Militares, los que ordena los bombardeos y los movimientos de la tropa que pone el pecho en el territorio cuya voz se escucha con rudeza a través de Acore —oficiales de la reserva activa— son quienes han escogido voluntariamente la carrera militar. Pocos, también, de las élites del país.
La decisión del presidente Santos de ordenar la identificación por parte de Medicina Legal de los guerrilleros que caigan en los bombardeos o en los combates de tierra para entregárselos a sus familias, permitirá constatar sus orígenes que ya empiezan a ventilarse a través de quienes están en La Habana. Vidas, como la de tantos colombianos, rodeadas de muerte, muchas con origen en la violencia partidista de los años 50, como contó Jairo Martínez, el comandante del frente 14 que cayó en el bombardeo al campamento de las Farc en Guapi, en una entrevista al periodista Miguel Suárez, de Radio Café Estéreo cuando estaba en Cuba como parte del equipo negociador. Relató el horror que vivió siendo niño en Planadas, Tolima, cuando presenció el asesinato del papá y todos sus hermanos, forzado a huir con su mamá tras el incendio de la casa y crecer en un tugurio en Ibagué.
Se trata de una guerra entre pobres cuyas consecuencias directas también las padecen las regiones abandonadas de Colombia. De allí que resulte tan sencillo pontificar, azuzar y encender los ánimos contra los diálogos de La Habana desde oficinas y restaurantes en los centros urbanos del país. Porque los muertos los ponen otros y las bombas no se sienten en Bogotá.


Los jóvenes y el empleo

Jóvenes: ¿sin salida laboral? (I)
Rafael Orduz

LA CALIDAD DE VIDA DE UNA SOCIEdad como la colombiana depende de la inteligencia y el interés con los que ella gestione la formación y las oportunidades laborales de los jóvenes.
Colombia, el país de la confianza inversionista, de las altas tasas de crecimiento económico,  que recibe buenas notas de parte de agencias tipo Moody´s, pierde el año y la década en la creación de empleo para los jóvenes. Dado que las perspectivas de crecimiento en los años por venir no son halagüeñas, si no hay cambios de fondo en la materia, la situación será más desastrosa aún.

De manera periódica el DANE lo ilustra: en cifras redondas, la tasa de desempleo es del 10% (en ciudades como Armenia y Quibdó asciende al 17%). La asociada a los jóvenes (aquellos entre 14 y 28 años), promedio nacional,  es superior al 16%. La tasa de desempleo de la mujeres jóvenes es de infamia: 22%. 

La población económicamente activa (las personas con empleo, o buscándolo) es de unos 24.4 millones de personas. De ellos, ocho millones son jóvenes, de los que cerca de 1,3 millones están desempleados. Lo anterior, sin entrar a hurgar en el tenebroso subempleo; basta decir que en la categoría de “ocupados” se incluyen aquellas personas que trabajaron al menos una hora en la semana de referencia. ¿Cuántos millones de jóvenes están subempleados?

Vale la pena preguntarse qué tipo de empleo se desea para los jóvenes. Para que las cifras mejoren no basta el viejo prospecto de la rusa y las obras públicas. La creación de riqueza y prosperidad en las sociedades contemporáneas (incluidos, por supuesto, aquellos países del club al que Colombia aspira pertenecer, la OECD) se basa en el conocimiento. Sin embargo, ¿son la educación que reciben los jóvenes y la estructura productiva las apropiadas para los tiempos actuales?

Centenares de miles de familias envían a sus jóvenes a las instituciones de educación superior que cuentan hoy con, más o menos,  dos millones de estudiantes (el doble de comienzos de siglo).  200 mil se gradúan anualmente.  ¿Y?

Toda suerte de títulos en la más amplia variedad de calidades son adquiridos por jóvenes profesionales, tecnólogos y técnicos que enfrentan dos posibilidades: primero, los que encuentran empleo (según el Observatorio laboral del MEN, un profesional universitario de pregrado se engancha con $ 1.6 millones al mes y los técnicos y tecnólogos con $ 1 millón) y, segundo,  aquellos que entran a la informalidad (20% de los graduados, según el MEN).  El reciente paro de maestros permitió ilustrar a la sociedad acerca de los bajos salarios de los educadores, una situación documentada hace mucho tiempo; el cuento es tan agudo que la discusión sobre la calidad pasó a segundo plano, lamentablemente.


Frustración, rebusque, dosis de delincuencia urbana, en fin, desperdicio del mejor capital humano, los jóvenes, son algunas de las señales que emite un modelo económico que no está diseñado para crear empleo calificado para los jóvenes.

lunes, 11 de mayo de 2015

La gestión estratégica del clima laboral para competir en un mercado Global


La gestión estratégica del clima laboral para competir en un mercado Global
Ruth Ramallo
El presente artículo pretende explicar el significado del clima laboral en las organizaciones y su incidencia en la productividad y el desempeño organizacional, describe un conjunto de enfoques sobre el clima laboral en las organizaciones, las estrategias de liderazgo gerencial para manejar y gestionar el clima apropiadamente, los ingredientes que forman parte de éste, el cual se alimenta delos aportes e investigaciones del comportamiento organizacional.
Es un tema de gran importancia hoy en día para todas las organizaciones del mundo, y de modo especial para los países llamados del tercer mundo, que deben buscar un mejoramiento continuo del ambiente de su organización, para así alcanzar un aumento de productividad, sin perder de vista este lado humano de la empresa; pretendemos además dar a conocer la importancia de gestionar apropiadamente el clima para el bienestar y éxito de las organizaciones.
Los escenarios económicos mundiales actuales, se caracterizan por sus constantes cambios, por su dinamismo, por su competitividad y en donde las organizaciones desempeñan un rol significativo, que demanda a la gerencia estar atenta con respecto a cómo debe darse el comportamiento  organizacional de la empresa para sobrevivir y seguir en curso.
En términos concretos podemos definir como clima laboral a las “características del medio ambiente de trabajo que son percibidas directa o indirectamente por los trabajadores que se desempeñan en un ambiente, y que tiene repercusiones en el comportamiento laboral, es decir en su desempeño, relaciones con sus superiores, colegas y en especial con los clientes e incluso con la familia”. Un sentido opuesto es el entregado por Stephen Robbins que define el entorno o Clima Organizacional como un ambiente compuesto de las instituciones y fuerzas externas que pueden influir en su desempeño.
El ambiente afecta la estructura de las organizaciones, por la incertidumbre que causa en estas últimas. Algunas empresas encaran medios relativamente estáticos; otras, se enfrentan a unos que son más dinámicos. Los ambientes estáticos crean en los gerentes mucha menos incertidumbre que los dinámicos, y puesto que es una amenaza para la eficacia de la empresa, el administrador tratará de reducirla al mínimo. Un modo de lograrlo consiste en hacer ajustes a la estructura de la organización. La explicación dada por Robbins, difiere de la de Goncalves, al analizar el ambiente como las fuerzas extrínsecas que ejercen presión sobre el desempeño organizacional.
La gestión y administración del clima laboral es uno de las estrategias de vitales para las organizaciones. Obliga a los ejecutivos a priorizar la búsqueda de la excelencia organizacional a través de su Capital Humano, el que se convierte en los momentos actuales como el producto del progreso y principal ventaja competitiva.
Las empresas exitosas del mundo son aquellas visionarias que han basado su estrategia de desarrollo en su principal fortaleza: su gente, siendo importante también contar con una plana gerencial con formación en coaching, inspirada en una nueva filosofía de trabajo, en la cual los valores humanos son imprescindibles y forman parte de su vida, de su cultura y práctica habitual, en suma, es todo un equipo humano que debe estar sensibilizado, motivado, fidelizado, involucrado y comprometido en la filosofía corporativa. Por ello la primera estrategia será entonces conquistar a nuestro mercado interno (nuestra gente) y la segunda prepararlos para competir y ganar a la competencia.
Mientras muchos gerentes tradicionales, siguen pensando que la mejor manera de obtener mejor productividad en su organización, es fundamentalmente a través de un mayor control y supervisión estrecho al personal, siempre decirles qué deben de hacer, como lo harán y tal vez omiten decir lo principal, para que lo harán, lo que le da sentido al trabajo, al parecer reviven la vieja teoría X de
Douglas Mc Gregor (1932), la confianza, la participación y la credibilidad en sus compañías son verdaderas potencialidades de la gente.
La perspectiva actual del gerente moderno es distinta, es quién construye un clima de trabajo agradable, despierta potencialidades, se convierte en un verdadero Coach de su gente, considerando que la capacitación y la confianza son nuevos valores para dirigir, creando un clima de aprendizaje continuo, libertad para aprender y para equivocarse y mejorar. Para crear, tener iniciativa y creatividad para aportar ideas innovadores, el gerente baja al llano aprende con ellos, reconoce que se equivoca y como dice Levionnois (1999) se acerca a ellos para sentir sus “Humores” y “Convive con ellos”, este sentido humano marca la diferencia y afianza los valores corporativos. Es fácil ver a un gerente japonés confundirse en la planta de una empresa japonesa, vestido con la misma ropa que usan sus obreros tratando con ellos la revisión de la maquinaria, la producción, los productos defectuosos, en fin todo lo que se pueda evaluar y mejorar.
En definitiva, el gerente moderno para hacer exitosa a su organización no debe convertirse en alguien todopoderoso y perfecto, la idea es que entre otras herramientas de gestión pueda usar la llamada filosofía del empowerment, que resulta ser un ingrediente vital no sólo para crear un clima laboral positivo sino también para empoderar a la gente en su trabajo y dirigir exitosamente una organización.
En los nuevos ambientes laborales el trabajo real, la destreza y el valor agregado se producen en el trabajo que llevan a cabo los equipos, donde todos supervisan a todos, y a su vez nadie supervisa a nadie. El avance ya no es jerárquico vertical; el avance es mayormente vertical. El crecimiento profesional está cada vez más ligado al crecimiento y desarrollo personal e interpersonal (que se expande hacia todas direcciones) que al nivel o posición alcanzada dentro de la organización.
Eslava (2007), refiere que el empowerment, significa “empoderamiento, facultación y dar poder a la gente para decidir y actuar con responsabilidad y compromiso”, en los momentos actuales constituye una herramienta gerencial fundamental para romper los viejos modelos mentales de liderazgo metacéntrico y autoritario que está orientado a dirigir y controlar a la gente. Es además una estrategia para transformar las organizaciones tradicionales, se fundamenta principalmente en un proceso educativo a nuestros colaboradores, es decir transmitir una nueva cultura inspirada en transmitir de valores y conductas para realizar con libertad, iniciativa y autonomía los roles en el trabajo, en la que pongan en juego su ingenio, iniciativa y creatividad.

La premisa esencial se fundamenta en que todos somos responsables ante la organización de nuestro trabajo, optimizar espacios en los que la gente acceda hacia su desarrollo personal y la autonomía psicológica, para luego crear e innovar y mejorar su trabajo. Debemos entender entonces que la principal estrategia de desarrollo organizacional es, ser consecuentes en brindarles confianza, valoración, respeto y aprender a convivir con ellos, creando un clima en el que los sentimientos humanos sean importantes, atender sus expectativas y problemas. El clima laboral favorable permite a nuestros colaboradores crecer y desarrollarse como seres humanos, teniendo como resultado que la organización será más poderosa para competir en un mercado global.