miércoles, 27 de marzo de 2013

EXXON MOBIL


ExxonMobil
Moisés Naím
La semana antepasada, ExxonMobil -con unos ingresos de 450.000 millones de dólares- desplazó a Wal-Mart como la empresa más grande del mundo. La mayoría de los países no cuentan con ingresos anuales de esa magnitud. También la semana antepasada, Steve Coll, un acucioso periodista de investigación, publicó un libro: El imperio privado, que analiza cómo, en la década de los 90, ExxonMobil -una empresa que ya era grande- sentó las bases para convertirse en el gigante que hoy es.
Sus dos libros anteriores escrutaron la actuación de la CIA en Afganistán y a la familia Bin Laden. Exxon "tiene una cultura de intimidación... Pone a la gente nerviosa, hace que se le tenga miedo", dijo Colla. En este caso, sin embargo, ExxonMobil se ha topado con un tenaz e inteligente reportero, que no se deja intimidar. Coll recorrió el mundo, entrevistó a más de 400 personas, obtuvo documentos secretos y parece haber leído todo lo que existe en bibliotecas, archivos, tribunales y medios de comunicación sobre la empresa y las organizaciones con las que interactúa. El esfuerzo culminó en una historia que revela un apasionante juego de poder, dinero y política en las más altas esferas internacionales, y con apuestas muy fuertes.
La esencia de esta historia es que el negocio de ExxonMobil -la búsqueda, explotación y venta de petróleo y gas- es enormemente costoso y arriesgado. Requiere inmensas inversiones, que solo dan resultados a largo plazo. "Las inversiones de Exxon en un yacimiento solo son rentables si logran explotarse cuarenta años o más -escribe-. Y en ese periodo, Estados Unidos cambia de presidente y de política exterior y energética por lo menos media docena de veces." En el extranjero, los golpes de Estado, las revoluciones y la violencia provocan cambios más frecuentes y drásticos.
En los años 90 se transformó el mercado mundial. Tras la caída de la Unión Soviética, muchos países hasta entonces cerrados se abrieron a la inversión extranjera. Asia, sobre todo China e India, comenzó un vertiginoso ascenso, que espoleó la economía global. El planeta tomó conciencia del daño medioambiental provocado por los combustibles fósiles, mientras proliferaban el terrorismo, las guerras y las convulsiones políticas y financieras de todo tipo. ¿Cómo puede una compañía poderosa eludir y manejar la volatilidad e, incluso, usarla en su beneficio? ExxonMobil lo hizo, y con gran éxito, de la mano de un carismático líder, Lee Raymond -apodado Culo de Hierro-, que dirigió la compañía entre 1993 y el 2005.
El libro documenta la extraordinaria capacidad que desarrolló esta empresa para minimizar los efectos de los cambios de escenario y contrarrestar las iniciativas que afectaban sus intereses.
El gigante petrolero ha sido, por ejemplo, muy eficaz en limitar el éxito de los científicos y activistas que luchan por disminuir las emisiones de carbono que contribuyen al calentamiento global. Ha lidiado con la guerrilla en Indonesia, con los jeques árabes, con Vladimir Putin, Hugo Chávez y Teodoro Obiang. Y, sobre todo, con los congresistas de Washington.
Los "lobbistas de Exxon modelaron a su favor la política exterior estadounidense -escribe Coll-, así como las regulaciones sobre la economía, el medio ambiente y la industria química." "Los intereses internacionales de Exxon a veces eran muy distintos de los de Washington", señala. Y recoge esta perla del propio Raymond: "No soy una compañía de EE. UU. y no tomo decisiones basándome en lo que es bueno para EE. UU.". "La búsqueda de compromisos no es el estilo de Exxon", añade Coll con ironía.
En una de sus conclusiones más reveladoras, Coll afirma: "ExxonMobil nunca viola la ley... Estoy convencido de que hace todo lo necesario para mantenerse dentro de las normas". Su libro deja claro que resulta muy fácil para una empresa operar siempre dentro de las normas cuando es ella misma quien las define.

De regreso a la Edad Media


De regreso al medioevo
Por: Mauricio García Villegas
Pues bien, ahora son los liberales, e incluso la derecha, los que han toman el relevo. El lunes pasado, el presidente Enrique Peña Nieto dijo que pondría en cintura a los grandes capitales económicos que operan en México y el primer ministro de Inglaterra, David Cameron, encabeza hoy una campaña para que las multinacionales paguen impuestos. Una animadversión similar se aprecia hoy en casi todos los países de Europa.
¿Qué está pasando? Pues que esas empresas están acabando con los Estados y que el capitalismo, sin Estados fuertes, no funciona. Las 40 corporaciones mundiales más ricas, dice Shimon Peres (el exmandatario israelí), tienen más dinero que todos los gobiernos del mundo juntos. Por eso sus gerentes son recibidos como jefes de Estado en todas partes. Según la CNUCED (Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio y el Desarrollo) entre las 100 primeras potencias económicas del mundo, hay 55 empresas. El valor en Bolsa de ExxonMobil (la más grande) es superior al producto Interno bruto de Bélgica.
Para lograr sus propósitos las multinacionales tienen tres armas. La primera es el derecho. Con un lobby sofisticado se han convertido en los grandes legisladores de la economía mundial. Monsanto, la poderosa multinacional de cereales, hizo pasar un principio legal en el que se establece que un cereal modificado genéticamente es igual a otro que no lo es, con lo cual han impedido todo control a los productos que venden. En segundo lugar tienen la información. La organización de azucareros en los Estados Unidos financió estudios “científicos” hace tres décadas para demostrar que el azúcar, a diferencia de la grasa, no era dañina para la salud (los resultados están a la vista). En tercer lugar está la imagen: en los negocios, las multinacionales no tienen piedad con nadie, pero ante el público, se muestran como empresas dedicadas a la filantropía. Casi todas tienen fundaciones que protegen lo que ellas mismas dañan (las mineras para defender el medio ambiente, las alimenticias para la salud, etc.) y códigos, muchos códigos de buena conducta. Algunas incluso creen en lo que dicen, pero a la hora de la verdad, en medio de una competencia darwiniana, terminan vendiendo hasta a su propia madre.
Las multinacionales pagan poco o nada de impuestos. Crean sociedades de papel en paraísos fiscales y de esa manera evaden las obligaciones que tienen con los Estados en donde operan. Según Pascal Saint-Amás, un economista de la OCDE, el 26% de la inversión en la India viene de las islas Mauricio. Algunos Estados se parecen cada vez más a esos paraísos: así por ejemplo, por los Países Bajos pasa un flujo de dinero tres veces mayor que su producción total nacional (PIB). William Bourdon, cofundador de Sherpa, una asociación creada para defender a la gente contra los poderes económicos, dice que la única solución para evitar semejante desbarajuste es crear un tribunal internacional de justicia contra los crímenes económicos. Yo diría que se necesita más: hay que crear un Estado mundial que le ponga orden a todo esto, tal como ocurrió en el siglo XVI con la creación de los Estados modernos.
Y es que la situación actual se parecen mucho a la de los reyes de la edad media, que tenían el poder nominal, pero que, en la práctica, estaban maniatados por súbditos más poderosos que ellos.
Esto es todavía peor en los países en donde el Estado nunca se consolidó, como en Colombia, y donde, como van las cosas, con las multinacionales mineras cada vez más presentes, saltaremos del medioevo al post-medioevo sin haber pasado nunca por la edad moderna.

domingo, 3 de marzo de 2013

y ¿Qué somos los colombianos?


Los colombianos ¿somos muertos vivos?
Leyla Rojas
Es que Colombia cambia pero sigue igual, son nuevas caras de un viejo desastre"[1]. Eso afirma Fernando Vallejo.

"Es Imbécil decir que el país está desbaratado, no se han dado cuenta que el país nunca fue construido[2]." Esto afirma Antonio Morales.
 

Al parecer la culpa no es de los de ahora. La culpa es de siempre, de todo, del mismo nacimiento. La situación es extrema. Siempre lo ha sido. Pero lo que hoy sí es extremo es el "equilibrio de la guerra" como dice Antonio Morales: es la presencia de esa inmoralidad que nos ha acostumbrado a unas estadísticas de horror y a unos porcentajes de sangre que son asumibles. ¿Asumibles por quienes? Por todos nosotros y todos ellos. Vivimos más entre muertos que entre vivos. O bien ¿somos muertos vivos?

"(...) Para dejar de ser víctima tengo que matar al que me mata. Es decir: convirtiéndome en victimario dejó de ser victima." esto se lo escuché a un gran profesor, como parte de su interpretación al texto Blood Rites de Bárbara Ehrenreich.
 

Al parecer este podría ser un punto clave para la interpretación de nuestros propios males...que Colombia desde el principio es un desastre, que nunca fue construida, que es hija de la violencia y por consiguiente todos somos hijos de la violetera. Pero por favor cuéntenme algo que no sepamos, algo que no sea tan obvio para los 40 millones de colombianos. Colombia es un desastre pero, ¿tiene usted la solución?. ¿Tiene usted algo que proponer? Yo no tengo mucho que proponer salvo ideas utópicas producto de las reflexiones más sentimentales y pasionales que racionales. Ideas tontas producto del dolor de patria que tiende a dar de cuando en vez.
 

Si la teoría de Blood Rites es cierta, estaríamos en cierto sentido encontrado el origen de todos nuestros males y citando a la autora, habría una luz de esperanza, ya que "(...) conocer el origen de algo, no implica saber porqué persiste. Pero el primer paso para la libertad puede ser saber como todo empezó, (the original trauma)"[
3].

Colombia se ha erigido de una mezcla singular, por llamarlo de alguna forma. Un cristianismo impuesto a la brava para borrar de estos territorios la cosmovisión precolombina que dominaba el pensamiento naturalista de nuestros indígenas. Estos conquistadores llegaron a invadir todo, a matar hombres, mujeres y niños. Todo en nombre de Dios." (...) la sangre que derramará Colombia, ahora y siempre por los siglos de los siglos, Amén".

Aplicando la teoría de Ehrenréich, todos esos hombres que han sido víctimas en esta primera instancia (es decir todos los nacionales) ahora son victimarios, es decir individuos que hoy se sienten socialmente violados y actúan como seres aislados, intolerantes e individualistas. Es ese individuo que no reconoce la colectividad porque la considera impuesta y en consecuencia reacciona fortaleciendo su individualismo, cuya expresión cotidiana es la violencia. Ese es en términos generales el colombiano de hoy. El colombiano que vive asustado, asustado de morir en manos de otro colombiano, el colombiano que busca dejar de ser víctima y en consecuencia escoge el camino del victimario. El colombiano que ante la pregunta de Fernando Vallejo ¿A donde van ratas humanas?, le contesta a dejar de ser ratas. Es decir a dejar de correr por entre escondites y agujeros, a no correrle más a la muerte y a convertirme finalmente yo en portador de la muerte y que ella no me caiga por sorpresa, que por fin me cobre algo; que me cobre la muerte de esos tantos que maté y que matarán por mi muerte.

En este momento usted puede estarse preguntado ¿pero no es este último más rata que el primero, es decir, que aquel que huía? La verdad no sé. Benedetti de pronto diría: "1 es legítimo o es nulo, todo es según el dolor" con que se mira no hay fórmulas globales que descifren como se integra o desintegra un pueblo"[
4]. Haciéndole honor a la verdad lo único que creo poder decir es que no quiero ser víctima ni victimario, que no quiero ser ninguna de esas dos clases de ratas, es más que no quiero ser rata. ¿Quién quiere ser rata?

 "(...) Le dije que nos iríamos a dormir esa noche a cualquier motel de las afueras. Me preguntó la razón y le contesté que por supersticiones, que porque sentía que si me quedaba en mí casa iba a matar. Como esta impresión la puede tener cualquiera en cualquier momento en cualquier parte de Medellín lo entendió. Le había dado una razón incontrovertible, una que no acepta razones."[
5]

¿Cuál es la razón que no acepta razones? Me arriesgaría a decir que la realidad esa razón que no acepta razones. Porque bien es cierto que 'el surrealismo se estrella en añicos contra la realidad de Colombia"[
6]. Aquí lo imposible es muy posible. 

Y ¿cuál es nuestra respuesta ante esta realidad? De malas, 'V que te vaya bien, que te pise un carro o que te estripe un tren". No sé que crea usted, pero yo creo que estamos mas muertos que vivos. Al abordar el tema social en Colombia se encuentra enorme escollo. El cual es la ausencia casi total de espíritu autocrítico de la población. Rara vez se advierte que uno de los principales problemas sociales de los colombianos, es su espíritu asocial. Frecuentemente antisocial. Ese espíritu asocial que se expresa en el individualismo que nos aqueja, en la insolidaridad, en la incomunicación entre las personas y en la dispersión reinante que destruye el ser social. El individualismo está generalizado y tiene consecuencias disolventes. La insolidaridad bloquea nuestra capacidad para trabajar juntos, en grupo, con otros, de emprender con fuerza colectiva tareas trascendentales. Documenta esta dispersión nacional el hecho de que Colombia es un país sin objetivo, sin directriz que nos identifique como sociedad y como nación, carente de un propósito compartido en torno al cual podamos unirnos y participar colectivamente en su logro.

...Parece que fuéramos hijos de una cultura individualista, predadora, marginalizadora y violenta. Pero sin embargo, existimos como país. Sí, como territorio que habitamos y maltratamos, pero no existimos como sociedad, como conglomerado organizado y difícilmente podemos decir que existimos como nación. Lo que sí existe, es una colección de seres divididos por los intereses privados antepuestos y contrapuestos al interés común. Los resuItados los tenemos a la vista en la agonía sin salida que nos agita desde hace tanto tiempo (¿de siempre?). Bárbara Ehrenreich dice en alguna parte "en el fondo de porque pelear nunca puede ser una cuestión de intereses, es porque los hombres muertos no tienen intereses", los colombianos no tenemos intereses como colombianos. Debe ser porque los hombres muertos no tenemos intereses.
"Y que te vaya bien, que te pise un carro o que te estripe un tren"[7]. Los Colombianos: ¿somos muertos vivos?




[*] Estudiante de Ciencia Política, Universidad de los Andes.«« Volver

[
1] Fernando Vallejo, La Virgen de los sicarios, Bogotá, Editorial Santillana S.A. 1994 pag.13.«« Volver

[
2] Antonio Morales, "¿Cual nación?", en Cambio 16, Colombia, No.251, 6 de abril de 1998.«« Volver

[
3] Bárbera Ehrenreich, Blood Rites, Origins and History of the Passions of war, Metropolitan Books, 1997, pág.21«« Volver

[
4] Mario Benedetti, Croquis para algún día.«« Volver

[
5] Fernando Vallejo, La virgen......pág. 133.«« Volver

[
6] Ibid. Pág. 139.«« Volver

[
7] Ibid. Pág. 142.«« Volver

El jugoso negocio del sistema financiero


El jugoso negocio del sistema financiero
Por Rafael Rodríguez-Jaraba*
Pocas cosas producen tanto malestar a la opinión pública, como examinar las siderales utilidades que obtiene el sistema financiero cada año.Rendimientos anuales de 39.7 Billones de Pesos, nos son cifras menores, y son elocuente expresión de la 
creciente concentración de la riqueza en Colombia.
Es claro que el sector financiero administra moderados niveles de inversión y riesgo, y a cambio obtiene una de las mayores tasas de retorno de capital en Colombia.
Si bien apalancar el desarrollo requiere de un sector financiero sólido, confiable y sostenible, no es conveniente que el formidable negocio de las instituciones financieras sea en buena medida, producto de la tolerancia estatal que permite el cobro de unos servicios caros y la obtención de unos márgenes de intermediación exorbitantes y abusivos en la prestación de un servicio público básico para auspiciar el desarrollo.
Los negocios deben generar rendimientos suficientes para sufragar los costos, compensar la administración de los riesgos y rentar el capital, pero en una economía sana, la intermediación y la prestación de servicios financieros, no debe ser el mejor negocio, y de serlo, se convierte en una actividad lesiva a la productividad, que contrae el sector real, desestimula el trabajo y niega posibilidades de alcanzar un crecimiento equitativo y armónico.
Si bien el estado debe ser respetuoso del mercado, de la iniciativa privada y de la libertad de asociación empresarial, no puede ni debe ignorar, y menos tolerar, prácticas abusivas que envilecen la economía.
El mercado financiero en Colombia desde hace mucho tiempo está desbordado, pero el estado no lo reconoce. Los gobiernos por temor a mostrarse intervencionistas esperan y esperan, y terminan siendo complacientes con los abusos. Esta permisibilidad ha ido acostumbrando al usuario a la indefensión y a la resignación.
Es obligación perentoria de los estados intervenir los mercados cuando los precios no son el resultado de la libre interacción de la oferta y la demanda. Es inequívoco que en el mercado financiero colombiano, la oferta tiene una posición articulada y dominante, que le permite colocar todas las condiciones, mientras que la demanda debe acogerlas sin opciones ni alternativas.
Los servicios financieros están regidos por normas positivas que se remontan a 1.918, y que en teoría se fundamentan en una ecuación que privilegia la equidad y equilibra la confianza de usuarios y de entidades depositarias de la fe pública. Pero en la práctica, la relación entre clientes y establecimientos financieros es desigual. Los servicios que se prestan, en la mayoría de los casos, están regulados por “contratos por adhesión”, o sea, por acuerdos impositivos, en que una de las partes coloca todas las condiciones y la otra debe allanarse a cumplirlas.
Por solemnidad contractual, la utilización de las instituciones financieras es forzosa e imperativa. Si las personas y empresas quieren dar formalidad a sus actos mercantiles, tácitamente están obligadas a usarlos. Este desequilibrio contractual es consuetudinario y universal, pero se torna antipático, cuando el que impone todas las condiciones se muestra ineficiente y prepotente frente al cliente que lo favorece con su confianza. Con todo, esta condición asimétrica se vería parcialmente disminuida, si el usuario recibiera servicios eficientes, competitivos y sobretodo buen trato.
Pero las quejas de los usuarios son inefables. Las respuestas a las quejas, en ocasiones, causan hilaridad y son un formalismo ocioso. Los flamantes Defensores del Consumidor y la tardía Superintendencia Financiera reciben incontables reclamaciones, pero poco o nada hacen en favor del mejoramiento del servicio. Esta situación está provocando justa animosidad, deserción, y lo más grave, el crecimiento mimetizado de un sistema financiero paralelo que peligrosamente bordea las normas que penalizan la usura y que prohíben la captación masiva y habitual de ahorro público.
Muchos creen que los abusos en que incurren las instituciones financieras se reducen a los exorbitantes costos de los servicios que prestan, cuando en realidad la mayoría de ellos son invisibles para los ciudadanos y ocurren con la complacencia de la Ley o por tolerancia de las autoridades.
Empiezo a perder las esperanzas que en Colombia haya alguien capaz de instrumentar una verdadera reforma económica; Lo triste es, que es posible y relativamente fácil, lo que falta es saber, y más que eso, valor para hacerlo. De eso hablaremos en otra columna.

* Director y Socio de Rodríguez-Jaraba & Asociados. Consultor Jurídico y Corporativo especializado en Derecho Comercial, Financiero y Contratación Internacional. Profesor Universitario.

El enemigo


El enemigo
Natalia Springer

El presidente Santos lo anunció con prudencia. Alias 'Alfonso Cano' fue abatido en un combate feroz, a costo del enorme sacrificio de nuestras Fuerzas Armadas y de Policía, que jamás se han rendido y con toda lealtad continúan defendiendo nuestras libertades y nuestra democracia. Esta es su victoria. Pero, ¿por qué no es una victoria militar que nos traiga esperanzas de paz, tal y como sucedió en Sri Lanka, inmediatamente después de la caída de la cúpula de los Tigres Tamiles, o en Angola, con la derrota de la dirigencia de Unita?
No, la paz no está cerca. Las Farc registran un inminente proceso de cartelización, que ya viene de tiempo atrás, que guarda serias similitudes con lo sucedido con los remanentes de Sendero Luminoso en el Perú, que se instalaron en el valle de los ríos Apurímac y Ene y en el Alto Huallaga, y es probable que entre la desmovilización y el narcotráfico desaparezca tal y como fue concebida originalmente.
Muy desafortunadamente, las condiciones estructurales que mantienen viva la violencia se han fortalecido. Tres indicios. El primero, la coyuntura climática. En el marco de un año, salieron a flote por el agua unos 4 millones de colombianos, 900.000 familias, que no existían para nadie, ni siquiera para el Sisbén, que aún no hacen parte de los cálculos oficiales (¿qué pasaría con las cifras de empleo si fueran tenidos en cuenta?) y que lo perdieron todo. Literalmente, los pobres más pobres, que ahora viven en la miseria inaudita. El Estado nunca ha existido para ellos. Su condición extrema se equipara a los resultados de 15 años de violencia.
El segundo, el fracaso de la política social. La pobreza avanza. Ha sido una década perdida. Colombia se consolidó en el último año como la tercera nación más desigual del planeta, como lo confirman los resultados del Informe de Desarrollo Humano que acaba de dar a conocer el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Mientras toda Latinoamérica registró esfuerzos sostenidos y en distintas medidas exitosos para combatir la miseria, mejorar los índices de distribución del ingreso y poner en marcha provisiones específicas contra la deforestación y la destrucción de recursos naturales cada vez más estratégicos, Colombia retrocedió en todo sentido. La política asistencialista gratifica la pobreza, no la supera y sí dio lugar a que los ejecutores de estas políticas, como el ICBF, que recibe un presupuesto anual superior al de toda la rama judicial, se convirtieran en monstruos de la contratación, que solo alimentaron la voracidad de algunas familias políticas. Desde el punto de vista ambiental, la feria de licencias para la explotación minera que tanto benefició la confianza inversionista y partidista, hoy constituye un riesgo inminente para nuestro desarrollo.
El tercero, la pujante economía paralela. Hace apenas unas pocas semanas, y en el marco del Congreso Panamericano de Riesgo de Lavado de Activos y Financiación del Terrorismo, la fiscal Viviane Morales reveló que unos 8.000 millones de dólares son lavados anualmente en Colombia. Es una economía paralela que, en palabras de la Fiscal, "ha tomado un ritmo bastante acelerado" y que, por definición, apuesta contra la institucionalidad, contra la justicia y contra el Estado de Derecho y cuyo impacto no solo se cuenta en vidas, sino en una incalculable pérdida de capital social.
El Presidente lo sabe y por eso no canta victoria. Reformó el Estado a través de 80 decretos con un claro acento social y el deseo de reversar esa situación desastrosa, pero bien sabemos en este país de santanderistasque la abundancia de decretos no cambia realidades. Algunos nombramientos claves son claramente desafortunados. La paz no está cerca. El enemigo está ahí y se acuesta con hambre.

Desigualdad y felicidad a la colombiana


Desigualdad y felicidad a la colombiana
Por Germán Uribe*
Una forma simple de desenmascarar la posición política de extrema derecha, dogmática y retrógrada de alguien, o mejor, digámoslo de una vez, de desentrañar su liviandad de principios morales y el abuso que hace de su fe religiosa o de sus privilegios económicos y de clase, es ver de qué manera juzga las causas de la desigualdad social y las expresiones populares que tienden a encontrar soluciones a esa discriminación a través de la protesta u otras formas de lucha reivindicatoria.
Basta observar con detenimiento y objetividad el Informe Mundial de Desarrollo Humano 2011, divulgado en los primeros días de noviembre de este año por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), para darnos cuenta de la espantosa iniquidad y la apocalíptica injusticia por la cual hacen su tránsito vital hombres y mujeres, niños y ancianos de todas las latitudes del mundo incluyendo, quién lo creyera, vastos sectores de la población estadounidense y europea. Pero como nuestra preocupación mayor está anclada aquí y ahora en nuestra disparatada Colombia, sumerjámonos por un momento en algunos de los escenarios que nos llevaron a ocupar el deshonroso tercer lugar entre 129 países del planeta, superando tan sólo a dos naciones dramáticamente atrasadas como lo son Haití y Angola. 

Dato escalofriante y denuncia vergonzosa que da la sensación de que el gobierno y numerosos actores del poder político y la economía preferirían engavetar. 

El informe es preciso y contundente. No da para las interpretaciones soslayadas e impúdicas con que el verbo desfachatado de los causantes del acelerado deterioro social quieren explicarlo, buscando con ello el modo de preservar sus privilegios, sin importar que ese estado de cosas se mantenga o agrave. Y las señales de preocupación que nos envían son estas: el Estado y el gobierno están haciendo todo lo posible para que, dentro del marco de la democracia y las instituciones, y en el ejercicio de los deberes patrióticos que la Constitución y la ley establecen, dicha realidad cambie. De tal manera que creamos que los señores que tiene las riendas del poder político y el imperio económico están haciendo todo lo posible por alcanzar un equilibrio que albergue satisfactoriamente las aspiraciones del conjunto de la sociedad. 

¡Todo es cuestión de paciencia, señores! 

Para incursionar brevemente en este tema, quizás el de mayor calado en lo que tiene que ver con el desarrollo y la sobrevivencia de los seres humanos, debemos aceptar que el meollo de esta crisis está centrado en la distribución del ingreso, la riqueza y el consumo, estudiado por las Naciones Unidas mediante una medición llamada “Coeficiente Gini de ingresos”. Allí se demuestra, palmariamente, cómo la humanidad está dividida irremediablemente entre vivos y bobos. 

Es de anotar que los factores con mayor frecuencia esgrimidos para explicar nuestra desigualdad social, son algunos de ellos azarosamente acomodaticios, simplistas y hasta perversos: la procreación desmedida e irresponsable de los humildes, el atraso histórico de ciertos grupos étnicos, la crianza y educación dada a los hijos por sus padres, la “pereza” intrínseca en la gente del “pueblo” que no les permite asumir posiciones correctas ni acciones o decisiones que les pueda ayudar a salir del atolladero, y en fin, sin ir más al fondo respecto de la desigualdad de oportunidades, punto esencial, a veces se refieren a la población migrante como causante de su propio desequilibrio, no importa que haya sido llevada a esa condición por componentes de abandono estatal, violencia, desarraigo y despojo. 

Y si alguna consecuencia funesta le está trayendo a Colombia esta tremenda desigualdad social reseñada por el organismo internacional, boomerang sepulturero ella misma para los poderosos de la economía nacional y la alegre comparsa de los políticos corruptos y los gobiernos ineptos, o peligrosamente arbitrarios y delirantes como el de Uribe, es en sí mismo el conflicto armado colombiano ahora propenso a devenir en una inimaginable guerra civil. 

Permítaseme reproducir unas pocas estadísticas que le dan fuerza y sentido a mi consternación: 

Los ricos en Colombia vienen haciéndose al 6 por ciento del ingreso nacional, en tanto que las mayorías captan el 3 por ciento. 

El 0,06 por ciento de los propietarios rurales, que tienen más de 2.000 hectáreas cada uno, poseen el 53,5 por ciento de la tierra, en contraste con el 83 por ciento, que tienen predios de menos de 15 hectáreas y son dueños del 7,2 por ciento. Con razón, el vocero de la ONG inglesa, OxfamAsier, Hernando Malax, acaba de afirmar: “Colombia es uno de los países del mundo con más desigualdad en el acceso a la tierra, hay pocos países del mundo que sean más desiguales que Colombia, y esto lleva a situaciones enormes de pobreza rural, contribuye al conflicto y limita el desarrollo que se pueda llevar a cabo”. 

Mientras el sueldo de un congresista ronda los 21 millones de pesos, el salario para un trabajador es de 535.500 pesos. 

Pese a que el Producto Interno Bruto (PIB) y el Gasto Público se multiplicaron por dos en los últimos veinte años, la pobreza extrema apenas se redujo en 2 por ciento y la desigualdad está intacta. 

El 10 por ciento más rico de la población se embolsilla la mitad del PIB y el 10 por ciento más pobre apenas alcanza a rozar el 0,6 por ciento del mismo. 

¿Por ello será que cada vez se repite más aquello de que entretanto “el capitalismo privatiza las ganancias, socializa las pérdidas? 

Y, vaya cinismo: “Somos el país más feliz del mundo”, ordenaron que repicaran algunos de los dueños del 6 por ciento del ingreso nacional a sus todopoderosos voceros, mientras el 17% de nuestros compatriotas vive de milagro, o más exactamente, 20,5 millones de colombianos son pobres y 7,9 millones, indigentes. 

Pero, entonces, así, ¿cómo es eso de que somos una Colombia feliz?